domingo, 23 de marzo de 2014

¡Cuádrese, está usted hablando con su presidente!

Adolfo Suárez aplaude tras la ratificación de la Constitución por Las Cortes | lavanguardia.com
Así de rotundo se mostró el recientemente fallecido Adolfo Suárez (Cebreros, Ávila, 1932) tras ser encañonado por el teniente coronel Antonio Tejero durante la madrugada del 24 de febrero de 1981 en un Congreso de los Diputados tomado por la Guardia Civil. Una pistola ASTRA de 9 milímetros apoyada sobre el pecho del presidente del Gobierno no fue motivo suficiente para amedrentarle. Y es que, ante todo, el presidente de la concordia fue una persona íntegra y fiel a unos ideales que compartían la práctica mayoría de españoles.

Adofo Suárez sabía a la perfección de donde provenía -sus inicios en política vinieron de la mano de Fernando Herrero Tejedor, un falangista vinculado al Opus Dei- y hacia donde quería encaminar el rumbo de España. Lejos de renegar de un pasado ligado al régimen franquista, Suárez utilizó este hándicap en favor de su ambicioso propósito: raspar la anticuada capa de dictadura que cubría las paredes de nuestro país e inmediatamente después y con una delicada brocha, echar una primera mano de pintura democrática.

Por aquel entonces, la calle anhelaba la libertad; una libertad cercenada por una dictadura de 40 años. Los españoles querían sentir en su propia piel que era aquello del "progreso". No obstante, estas ansias de libertad eran regadas con el peor de los sabores, el miedo. Miedo a una banda terrorista ETA que había aumentado indiscriminadamente su actividad armada y que cada semana sesgaba la vida de algún inocente. Miedo al restablecimiento de una dictadura por parte de los sectores afines a la situación anterior. Miedo a una terrible recesión económica que, impulsada por la Crisis del Petróleo de 1973, sacudía los hogares españoles. Miedos que, sin duda, fueron solapados por la brillante actuación de Adolfo Suárez.

Y es que el expresidente del Gobierno era conciliador por definición. Fue el enfermero que puso la primera venda sobre la herida infectada que había abierto la Guerra Civil en 1936 y que aún supuraba. Lidió con ambas ideologías  -arraigadas en diferentes sectores de la sociedad- con una inteligencia inusitada. De una parte, consiguió el apoyo de las Cortes franquistas para sacar adelante la Ley de Reforma Política, que suponía el derrocamiento legal de la dictadura de Francisco Franco y abría la puerta a un proceso constituyente democrático. De otro, acercó posturas con la izquierda, especialmente con Santiago Carrillo y su Partido Comunista del que era presidente, que fue legalizado por Suárez en 1977. 

A finales de los 70, España estaba a punto de romperse y cualquier otra opción alternativa a Suárez habría tensionado a la ciudadanía. Pero su aplomo, su generosidad, su lealtad y su enorme inteligencia lograron que todos los españoles se viesen representados e implicados en el proceso hacia la democracia. Adolfo Suárez transmitía una especial serenidad acompañada de una firmeza que es inexistente en cualquier político actual. Era capaz de convencer empleando un lenguaje directo, pero que resultaba amable y cercano.

Hoy Suárez ya no está físicamente entre nosotros. Ha pasado a habitar los recuerdos de los españoles que le acompañaron en esa aventura democrática y de aquellas generaciones posteriores que estudiamos sus méritos en nuestros libros de Historia.  En la memoria, quedarán sus lecciones, que fueron muchas. Su amor a un país, a unos ideales y a las reglas de juego del sistema democrático perdurarán por siempre. Siempre modesto, afirmaba que "yo no tengo vocación de estar en la Historia". Presidente, la Historia de la Transición Española tiene nombre y apellidos: Adolfo Suárez González. Descanse en paz.



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